No Walls, No Limits by Héctor

¿Cuándo dejaste de creer en Santa?

Posted on: 23 diciembre 2008

Traumante o no, saber que el viejito “ése” no existe es una de las cosas que nos hace darnos cuenta de que empezamos a dejar de ser niños, de que la inocencia comienza a perderse y de que no habrá más regalos.

La cara de un niño recibiendo un regalo es simplemente incomparable; ellos tienen esa virtud: Decir o hacer lo que les nace, de enojarse si así lo siente, gritar si tiene ganas, reírse aunque los regañen por ruidosos.

Pocas veces hay oportunidades para recibir regalos, además del día de cumpleaños, el obligado es el Día de Reyes y, por supuesto, cuando llega Santa. Todos los que creímos, sabemos que esa noche, después de la cena navideña, no queremos dormirnos: El viejito barbado está por llegar, así que no falta el que se porta de lo mejor, no vaya a ser que lo vean y si hace alguna “travesura” se arrepienta de dejar los regalos. Hacemos lo posible por no cerrar los ojos, aunque el sueño termina venciéndonos, claro, éL usa sus poderes o polvos mágicos para que eso suceda.

Sin duda, “el mito” de Santa es muestra de que estamos creciendo, se convierte en uno de los indicativos de que la inocencia va desapareciendo. Cuando descubrimos que Santa, el gordito del Polo Norte que vemos en miles de películas, posters, en el Monumento a la Revolución multiplicado, en las plazas comerciales, ¡no existe!, nos respondemos a las preguntas que siempre nos hicimos.

¿Por qué nunca lo veo? ¿Cómo entra si no tengo chimenea? ¿Por qué no le trae regalos a los niños pobres? ¿Por qué si me porto mal me trae cosas? O, por el contrario, ¿me he portado tan bien y sólo me trajo la mitad de lo que pedí? ¿Cómo le hace para entregar tantos regalos a todos los niños del mundo? Todas las dudas se despejan.

El punto es el cómo nos enteramos. Me consta, porque así lo he vivido, que muchos se hacen los que no saben y no falta el “vivillo” que se encarga de decirles a todos que “Santa son tus papás”. Entonces, esa noticia se convierte en una tragedia. De inmediato buscamos la respuesta en nuestros padres, quienes, si lo creen oportuno, lo confirman y si no nos recetan respuestas como: “¡Qué le crees a ese niño!”, “a ver de dónde voy a comprar yo eso”, “seguro él es malo y Santa no le trae nada”. Cierto o no, la duda se queda.

Tenía 7 años, nací en diciembre y los tenía recién cumplidos. Esa Navidad del 92 fue de las más duras: tres pérdidas familiares mermaban los ánimos, hice la carta como todos los años, siempre quise un carro de control remoto, se lo pedí a mi padre, a Santa, a todo mundo, pero justo ese regalo no llegaba.

Estaba en la Ciudad de México, aquí pasé esa Navidad, pues no soy de aquí, me preocupaba un poco, pues que tal que Santa no me dejaba nada; estaba en casa de mis primos, un poco más chicos que yo, todo transcurría normal, después de la cena me fui a dormir. Algo debió pasar, al otro día no había más que un regalo y una bota de dulces, era un muñeco, muy feo por cierto.

Seguro hice berrinche, no lo recuerdo. Jamás jugué con el regalo, sólo me comí los dulces, pensaba que, en efecto, en mi casa estaban los regalos “buenos” o, por el contrario, que era cierto lo que me habían dicho en la escuela.

En primaria supe, o mejor dicho, me llegó el rumor de que Santa no existía, ¡vaya noticia! No hacíamos otra cosa que debatir en el salón si eso era verdad, la maestra nos dijo que el niño chismoso mentía, ¡uff! Creo que la mayoría nos tranquilizamos, aunque no dudé en preguntar, la respuesta fue la misma.

Sin embargo, como dice el dicho, “si el río suena es porque agua lleva”… Decidí esperar a los Reyes Magos, después de todo, mi padre siempre decía que Santa no era muy bueno, pero los Reyes sí. Y sin duda, esos tres hombres me trajeron juguetes más divertidos. No fue sino hasta el siguiente diciembre que tuvieron que decirme la verdad.

Al tener 8 años, muy grande para los regalos, y siendo un poco más despierto y observador, noté cómo había regalos por todos lados, ¿por qué los venden si Santa los fabrica?, ¿por qué la gente trae bolsas negras? La vecina guardaba los regalos de Santa en la casa de mis tíos, si ese día no me hubiera dicho que les dijera que iba a guardar sus regalos, seguro un año más hubiera seguido en la feliz ignorancia. Fue imposible, pregunté y la respuesta fue “Sí, Santa y los Reyes, somos nosotros”. Me explicaron y yo no lo podía creer, con todo y que era tan lógico, había crecido; sin embargo, ese año llegó el carro de control remoto que valió el no decirles a los más pequeños lo que yo sabía.

Después de todo no fue tan cruel. Ahora con muchos más años, creo que es complicado no caer en esas ondas consumistas, hay tantas cosas por las que los niños no pueden evitar sentirse atraídos, es que la inocencia es parte de ellos, y ¿por qué no conservarla aunque sea de esa manera? Ya los grandes se las ven negras con sus vidas y ocupaciones de “adultos”.

Ahora tengo una hermana de cinco años, fan de Santa, a los Reyes los conoce, pero a Santa lo respeta; es al que ve en todos lados, es con el que le gusta tomarse la foto, además está viejito como su abuelito, es al que le pide los regalos más bonitos y, de una u otra forma, es el más cercano a la Navidad.

Traumante o divertida, ¿recuerdas cómo fue la vez que dejaste de creer en Santa?

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Periodista y comunicólogo, editor, amante del tenis, de la vida, de la sexualidad como parte inherente al ser humano.

Comencé mi carrera en El Universal, en el sitio para jóvenes tva.com.mx, posteriormente llamado De10.mx donde fui redactor de sexualidad, además de reportero.

Coeditor en el sitio hiperlocal El Universal Del Valle, y en El Universal Estado de México.

Actualmente columnista de sexualidad y editor en el Semanario Hoy Valle de México del Estado de México.

Me gusta el teatro, el cine, la televisión, los espectáculos en general, por ello soy bloguero en Del Cielo a la Tierra

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